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La Suerte en tu vida...
¿existe realmente?

 

 
El éxito en la vida, en cualquiera de sus formas, y en cualquiera de las áreas en que podamos concebirlo, es el resultado de nuestro esfuerzo consciente y esmerado.
Nadie que se gane el Super Lotto puede decir que ha triunfado ni mucho menos que es una persona de éxito.
El éxito se logra, no se hereda, ni se toma prestado, ni se compra, ni se encuentra en una vuelta afortunada de la vida. El éxito es un estado de auto-satisfacción que se vive al haber alcanzado lo que individualmente para cada uno representa haber tenido éxito. Por ello, repito, el exito lo logra uno con su propio esfuerzo. Una persona que realmente tiene éxito en lo que le importa, generalmente no reconoce haber obtenido todo el éxito que espera o desea tener. Usualmente nos ponemos metas difíciles de alcanzar, y que ponen el éxito casi siempre en una etapa futura y hasta distante.
Sea que hayamos logrado el éxito parcial o totalmente, o que no lo hayamos logrado en lo absoluto todavía, todos seguramente coincidimos en una cosa: "Yo soy responsable de lograr mi propio éxito".
Y esto ciertamente es verdadero. Si yo me cruzo de brazos y me siento a esperar a que algo ocurra con mi vida, así me quedaré, esperando.
Cuanto más actúe, cuanto más esfuerzo consciente ponga en lo que deseo lograr con mi vida y hacer de ella, tanto más cerca estaré de alcanzarlo.
Permítame introducir un nuevo elemento fundamental del éxito del ser humano: "La Suerte". Y no me estoy refiriendo a ganarse la lotería. Ya dijimos que ese tipo de suerte de ningun modo nos da la satisfacción de sentirnos realizados. Pero sí es indudable que existe una clase de "suerte" que facilita el camino de algunas - o muchas - personas. Por ejemplo, si yo me empeño arduamente en realizarme profesionalmente, pero nadie me ofrece una buena oportunidad de desenvolverme, seguiré tan fracasado como si nunca hubiera estudiado nada.
En los países Latinos esta situación de "falta de suerte" (aunque sería más acertado decir “oportunidad”) es muy común, donde usted encuentra personas que han estudiado una carrera profesional que les demandó años de sacrificios de toda clase, para terminar manejando un taxi del que ni siquiera son dueños.
La "suerte", o el "destino", o como usted prefiera llamarlo, nos guste aceptarlo o no, es una realidad que nadie en su sano juicio puede negar o ignorar.
Personalmente, yo prefiero llamarlo por su verdadero nombre (que soberbia la mía de asumir que yo sí sé su verdadero nombre): Dios.
Dios, el Creador del universo, del mundo y del hombre. Dios gobierna en todo el universo; y la tierra, aún con su contaminación por nuestra transgresión a sus leyes, aún es su propiedad, y está bajo su señorío.
Ningún ser humano, ni grande ni pequeño, ni alto ni bajo, ni rico ni pobre, ni gordo ni flaco, ni fuerte ni débil, ni sano ni enfermo, ni bruto ni inteligente, ni blanco ni amarillo, ni hombre ni mujer, ni católico ni mahometano, escapa a la realidad de que si vive en este mundo, vive bajo el gobierno absoluto de Dios, y lo crea o no, lo acepte o no, le guste o no, bajo sus reglas y leyes.
Estas reglas y leyes son las que nos acercan o nos alejan de Dios, y el acercarnos o alejarnos de Dios juega un papel fundamental en alcanzar lo que llamamos "Suerte".
Pero sin embargo, no lo es todo. Dios no es un aparato que reacciona según usted toque los botones como en una computadora. Dios no funciona así. Dios tiene personalidad propia, y no importa cuánto usted se esfuerce por lograr el favor de Dios, él se lo va a proporcionar - de ello no hay duda - pero no necesariamente como usted lo quisiera ni en el momento en que usted lo espera.
 

 

 

Ver también:
¿Debemos juzgar a los demás?